Entrevista a Teresa Alcocer— Psicóloga especialista en conducta alimentaria · Clínica Londres. Nº colegiada M-32194
Llevamos años hablando de obesidad como si fuera un problema de matemáticas. Calorías que entran, calorías que salen. Disciplina. Voluntad. Y sin embargo, la mayoría de las personas que lo han intentado saben que no funciona así. Que hay algo más. Algo que ocurre entre la nevera y las emociones que ninguna dieta explica del todo. Algo que tiene nombre: hambre emocional.
En Clínica Londres, los programas de Salud, Nutrición y Obesidad incluyen acompañamiento psicológico (no como complemento, sino como parte imprescindible del tratamiento). Le preguntamos a Teresa Alcocer, psicóloga especialista en conducta alimentaria de nuestro equipo, qué es el hambre emocional, por qué está detrás de tantos fracasos con la dieta y cómo se trabaja desde la psicología.
¿Qué es el hambre emocional exactamente y por qué está en todas partes ahora?
El hambre emocional es la tendencia a comer en respuesta a emociones (estrés, ansiedad, aburrimiento, tristeza, soledad) en lugar de hacerlo por una necesidad fisiológica real. No es un concepto nuevo: los psicólogos llevamos décadas trabajando con él. Lo que sí es nuevo es que ha llegado a la conversación pública, y creo que eso es una buena noticia.
Se habla más de ello ahora porque hay más consciencia sobre la salud mental en general, y porque cada vez más personas se dan cuenta de que su relación con la comida no es simplemente una cuestión de saber qué comer. La diferencia entre el hambre fisiológica y el hambre emocional parece sencilla de explicar: una aparece de forma gradual, la otra de golpe y con urgencia. Pero en la práctica, distinguirlas en tiempo real es mucho más difícil. Especialmente cuando llevas años funcionando en piloto automático.
¿Cuántos de los pacientes que llegan a consulta por obesidad tienen alimentación emocional?
En mi experiencia clínica, la gran mayoría. No siempre de forma severa, y no siempre de forma consciente. Pero cuando exploramos la historia de cada persona (cuándo empezó a subir de peso, qué estaba ocurriendo en su vida en ese momento, cómo responde habitualmente al estrés…) casi siempre aparece la comida como mecanismo de regulación emocional.
Eso no significa que toda la obesidad sea de origen emocional. La obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial: tiene componentes genéticos, metabólicos, hormonales, ambientales. Pero el componente emocional y conductual está presente en la mayoría de los casos, y si no se trabaja, cualquier intervención sobre el peso.
¿Por qué fracasan las dietas cuando hay hambre emocional de por medio?
Las dietas fracasan principalmente porque tratan el síntoma sin tocar la causa. Si alguien come de forma compulsiva cuando está ansioso, una pauta alimentaria muy restrictiva no va a resolver esa ansiedad. Lo que hace es añadir un nuevo estresor encima del anterior.
Hay además un mecanismo que veo constantemente y que resulta muy dañino: el ciclo restricción-atracón. La persona se impone una dieta muy estricta, la sostiene durante un tiempo con mucho esfuerzo, y en el momento en que algo falla —un mal día, una situación de estrés, un evento social— come de forma descontrolada. Y después viene la culpa. Y la culpa genera más ansiedad. Y la ansiedad genera más hambre emocional. Es un círculo que puede mantenerse durante años, y que desgasta profundamente a la persona que lo vive.
Romper ese círculo no es cuestión de más fuerza de voluntad. Es cuestión de entender qué función tiene la comida para esa persona y encontrar otras formas de cubrir esa necesidad.
¿Qué relación existe entre obesidad, ansiedad y depresión?
Es bidireccional y está muy bien documentada. La obesidad puede generar ansiedad y depresión y al mismo tiempo, la ansiedad y la depresión favorecen el aumento de peso, entre otras cosas porque alteran los patrones de sueño, aumentan el cortisol y activan precisamente ese hambre emocional del que hablábamos.
Lo que hace complejo el abordaje es que estos factores se retroalimentan. Tratar solo el peso sin atender el estado emocional es como vaciar un barco sin tapar el agujero. Puede funcionar durante un tiempo, pero el agua vuelve a entrar.
¿Qué es exactamente lo que trabaja un psicólogo en un programa de tratamiento de la obesidad?
Trabajamos varias cosas de forma paralela, y el orden y el énfasis dependen de cada paciente.
Lo primero es la evaluación: entender los patrones de conducta alimentaria de esa persona. ¿Come de forma emocional? ¿Hay episodios de pérdida de control? ¿Existe un historial de dietas muy restrictivas? ¿Hay situaciones vitales de estrés crónico que estén actuando como detonante? Esa foto inicial es imprescindible para saber por dónde empezar.
Después trabajamos la regulación emocional. Si la comida ha funcionado durante años como mecanismo para gestionar emociones difíciles, hay que aprender a gestionarlas de otra forma. Eso no ocurre de un día para otro, pero sí ocurre con el acompañamiento adecuado.
También trabajamos la imagen corporal, que es una de las áreas más silenciadas. Hay personas que alcanzan su objetivo de peso y siguen viéndose igual que antes, porque la imagen que tenemos de nuestro cuerpo es una representación mental que cambia mucho más lento que el cuerpo físico. Sin ese trabajo, el resultado nunca se siente como un logro.
Y trabajamos la motivación y el manejo de las recaídas, que no son fracasos sino parte del proceso. Aprender a sostenerse en esos momentos difíciles, sin abandonar y sin caer en la culpa, es uno de los aprendizajes más valiosos de todo el proceso.
¿Qué diferencia a un programa con apoyo psicológico de uno sin él?
Los datos son bastante claros al respecto: los programas que incluyen intervención psicológica tienen tasas de mantenimiento del peso a largo plazo significativamente mejores que los que solo trabajan la parte médica o nutricional. No porque la psicología sea más importante que la nutrición o que el tratamiento médico, sino porque los tres pilares son necesarios y ninguno funciona igual de bien sin los otros.
Lo que cambia fundamentalmente es el tipo de aprendizaje que hace el paciente. Con apoyo psicológico, la persona no solo aprende qué comer: aprende a conocer su relación con la comida, a identificar sus desencadenantes emocionales, a gestionarlos de otra manera y a sostener los cambios cuando la motivación inicial decae. Eso es lo que hace que el resultado dure.
¿Qué le dirías a alguien que tiene mucho peso que perder y que siente que ha fracasado demasiadas veces para intentarlo de nuevo?
Que lo que ha fallado no son ellos. Han fallado los enfoques que no tenían en cuenta la complejidad real de su situación.
La obesidad no es una cuestión de voluntad ni de carácter. Es una enfermedad con múltiples factores, y tratarla solo con restricción calórica y esfuerzo individual es insuficiente en la mayoría de los casos. No porque las personas sean débiles, sino porque el problema es más complejo que eso.
Y añadiría algo más: el hecho de que alguien lleve años intentándolo, fracasando y volviendo a intentarlo, dice algo muy importante sobre esa persona. No habla de debilidad. Habla de una enorme capacidad de resistencia. Eso, bien orientado y con el acompañamiento adecuado, es exactamente lo que se necesita para que esta vez sea diferente.
Un programa pensado para el largo plazo
En Clínica Londres los programas de Salud, Nutrición y Obesidad integran desde el inicio tres pilares: seguimiento médico, plan nutricional personalizado y acompañamiento psicológico continuado. No como servicios separados, sino como un abordaje coordinado donde los tres equipos trabajan en la misma dirección.
Porque perder peso es la parte visible. Trabajar el hambre emocional, sostener los cambios y sentirse bien en el proceso es el trabajo real.
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